Muchos predicadores perezosos se excusan de su pereza en prepararse con aquellas palabras de San Pablo: «Yo cuando fui a predicar, no fui con el prestigio de palabra elegante ni de sabiduría.
Me presenté débil, tímido, tembloroso y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría... para que la fe de los oyentes no se funde en la sabiduría del hombre sino en el poder de Dios» (1 Cor. 2,1-6).